Carlos Ríos, una vida a prueba de golpes

mayo 8, 2014 | por Redacción Voces del Salado
Carlos Ríos, una vida a prueba de golpes
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Para muchos, el boxeo es un deporte violento, donde dos hombres se enfrentan con un solo arma (sus puños) y un solo objetivo: ganar. Para otros es, lisa y llanamente, una forma de vida. No obstante ello, siempre, detrás de esta  antigua disciplina deportiva hay historias aleccionadoras para contar; historias de esfuerzo, valentía y superación. La localidad de Santo Tomé ha tenido notables representantes en el pugilismo y uno de ellos fue, sin lugar a dudas, Carlos Alberto Ramón Ríos (“Carlitos” para sus amigos), alguien que dio todo por el boxeo y al que la vida, en algún momento, le jugó una mala pasada.

Basta con hacer un poco de memoria para recordar quien ha sido y quien es “Carlitos”, alguien que desde muy joven supo que quería ser boxeador, por lo que no le resultó difícil iniciarse en el mundo de los golpes. «De chiquito siempre me gustaron las piñas», manifestó Ríos, que comenzó en la practica activa del boxeo en el Club Independiente de esta ciudad, al que representó en sus primeras cuatro peleas. Tiempo más tarde optó por trasladarse al Club República del Oeste de  Santa Fe, para entrenar bajo las órdenes de José Lino Lemos, con quien, después de aproximadamente 40 combates en el campo amateur, hizo sus primeros pasos como púgil profesional en 1992. Después de algunos enfrentamientos empezó a exhibir sus dotes de peleador en el estadio de la Federación Argentina de Box (en Buenos Aires), por lo que se propuso asumir «la responsabilidad de entrenar duro y parejo, para poder llegar a pelear por un título mundial».

 Contra los mejores

Gracias a su destacado rendimiento y a un arduo trabajo junto a Lemos, las chances mundialistas no le tardaron en llegar. Así, entre los años 1997 y 2000, Ríos tuvo la oportunidad de enfrentarse en peleas titulares a tres de los más grandes pesos pluma y superpluma de aquel tiempo, el filipino Luisito Espinosa, el estadounidense Floyd Mayweather Jr. y el brasileño Acelino “Popó” Freitas. Y si bien realizó buenas actuaciones, la suerte le fue esquiva y por poco no pudo alcanzar la dicha de ser campeón del mundo. No obstante ello, entre los pleitos con Mayweather Jr. y Freitas, el boxeo le dio una posibilidad de revancha personal al permitirle coronarse monarca sudamericano pluma, después de vencer por puntos al colombiano Esteban de Jesús Morales en Mar del Plata.

No se puede dudar de a Ríos lo respalda una vasta trayectoria, con la que puede hacer alarde de un pasado importante. En el campo rentado realizó 70 combates, con52 triunfos (33 KO), 11 derrotas, 3 empates y 4 sin decisión. En su palmarés se encuentran peleas muy complicadas y otras no tanto, pero si de importancia se trata, no cabe dudas que la más trascendente fue la que hizo contra el “Niño Bonito” Mayweather Jr., realizada en Grand Rapids (Estados Unidos), el 17 de febrero de 1999. «Fue un combate que quedó en la historia, que remarcó mi nombre y mi trayectoria, ya que me hizo conocido en muchas partes del mundo», dijo Carlos. «Floyd no pega fuerte, pero pone el golpe justo… espero que Marcos Maidana tenga en cuenta eso», completó.

 Una experiencia difícil

Algunos malos resultados le hicieron comprender a Ríos que la vida del deportista es corta y que ya era tiempo de “colgar los guantes”. En 2004 tuvo que retirarse y entonces decidió abrir su propia academia de boxeo en Santo Tomé, el gimnasio Gladiadores. Lamentablemente, al poco tiempo de haber tomado aquella decisión debió sufrir lo que el mismo define como «una etapa muy dolorosa», que «lo marcó mucho». El episodio al que se refiere ocurrió a principios de 2007, cuando en España lo condenaron a 12 años de prisión acusado de participar en una banda de narcotraficantes.

“Carlitos” se declaró inocente, alegando que la droga encontrada no era suya, sino de un joven púgil dominicano al que había acompañando a competir en dicho país. Sin embargo, fue encontrado culpable y obligado a cumplir con la referida condena. Pasó la mayor parte de su encierro en el centro penitenciario pastoral La Moraleja, ubicado en Dueñas, a unos 30 kilómetros de Valladolid. Debido a la buena conducta mantenida dentro del penal, aquella pena inicial fue reducida y logró su libertad tras 4 años y 10 meses de encierro. «Ser conocido me posibilitó acercarme a algunos funcionarios que trabajaban en la cárcel, los cuales entendieron que yo no era culpable de lo que me había pasado y me ayudaron a reducir la condena», reconoció.

FIRMA: Mariano Galli

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