Sangre nativa, recuerdos de los pueblos que viven en la memoria

abril 4, 2016 | por Redacción Voces del Salado
Sangre nativa, recuerdos de los pueblos que viven en la memoria
Informe central
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Cipriano Ñañe y Filomeno Naré fueron descendientes directos de las tribus los corondás y los abipones, respectivamente. “Colo”, como se lo conocía al cacique corondino, luchó durante más de medio siglo para que se reconozcan los derechos de su gente y pudo dejar su legado a sus descendientes. Don “Gilé”, como le decían a Naré, es recordado como el último abipón de San Jerónimo del Sauce, un trabajador incansable, de presencia impoluta y gran corazón.  

 

 

 

 

Antes de la posesión de tierras y división en solares que llevaron a cabo los conquistadores españoles en la actual región del Litoral, estos parajes estaban  habitados por diversas tribus nativas, las que llevaban mucho tiempo organizadas y desarrollando plenamente sus costumbres. En estos paisajes, por ejemplo, se encontraban los aborígenes corondás y timbúes, los que se sabe eran bastante amistosos. Por otra parte, también estaban los abipones, quienes aprendieron a convivir con los criollos y los “gringos”, dando lugar a una mixtura de razas que dio nacimiento a parajes como San Jerónimo del Sauce.

 

 

 

 

 

Si bien con el paso de los años estas tribus fueron desapareciendo, el tiempo no impidió que sus tradiciones sean trasmitidas de generación en generación, a través de la sangre que hasta el día de hoy sigue corriendo por las venas de algunos personajes locales.  Uno de estos descendientes fue Cipriano Ignacio Ñañe, mejor conocido como “Colo”, a quien todos llamaban “El Cacique Corondá”. Desde chico, Cipriano fue un acérrimo defensor de su origen como descendiente legítimo de los aborígenes que habitaron las tierras corondinas.

 

Rescatar las costumbres. Cipriano Ñañe encabezó una batalla incansable por recuperar el reconocimiento del pueblo corondá, del que fue cacique. Su lucha permitió “despertar” las viejas tradiciones nativas, como por ejemplo la de bautizar a sus hijos en el río Corondá, como sucedió con su nieta Morena (foto).

Rescatar las costumbres. Cipriano Ñañe encabezó una batalla incansable por recuperar el reconocimiento del pueblo corondá, del que fue cacique. Su lucha permitió “despertar” las viejas tradiciones nativas, como por ejemplo la de bautizar a sus hijos en el río Corondá, como sucedió con su nieta Morena (foto).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Costumbres, rituales y valores

 

 

 

 

 

Ñañe nació el 27 de agosto de 1943, en Coronda. Tuvo 11 hermanos y fue padre de 8 hijos. Estudió en la Escuela Primaria Nº 819 Simón de Iriondo de esa ciudad, a la que siempre recordó con mucho cariño. “Durante toda su vida fue un hombre de isla, pescador y cazador, hasta que con el tiempo se convirtió en empleado de la municipalidad; era muy bueno, familiero, solidario, quien nos dio consejos hasta los últimos minutos de su vida y se encargó firmemente de preserva sus raíces”, contó Claudio Ñañe, tercer hijo de “Colo”, a Voces del Salado.

 

 

 

 

 

“Desde los 8 años sus padres lo criaron para ser cacique, trasmitiéndole la historia de los nativos, de la familia y de las bases de nuestro pueblo; ya de grande, Cipriano me preparó en todo para ser cacique, hasta me enseñó los rituales tribales que hoy practicamos”, acotó Claudio. “Por ejemplo yo mismo enterré a mi padre cuando falleció, en junio de 2012; cuando lo sepultamos hicimos el típico ritual del pueblo corondá, es decir mientras echábamos tierra sobre su féretro, caminábamos alrededor de la tumba”, recordó.

 

 

 

 

 

En cuanto a la preservación de sus orígenes, cabe destacar que Cipriano luchó por más de medio siglo por el reconocimiento de su pueblo. Esta pelea tuvo su corolario en 2011, cuando por medio de la disposición Nº 0018 -impulsada por el Instituto Provincial de Aborígenes Santafesinos-, se logró inscribir a la comunidad Corunda (Etnia Corundi de la localidad de Coronda), en el Registro Especial de Comunidades Aborígenes. De esta manera se reconoció a la tribu como Persona Jurídica de Derecho Público, en los términos del artículo 75, inciso 17, de la Constitución Nacional y artículo 33, primer párrafo, del Código Civil Argentino.

 

Hábitos preservados. Como muchos representantes de su pueblo, Ñañe se distinguió como cazador y pescador. Estas actividades, durante mucho tiempo lo ayudaron a llevar el “pan” a su mesa.

Hábitos preservados. Como muchos representantes de su pueblo, Ñañe se distinguió como cazador y pescador. Estas actividades, durante mucho tiempo lo ayudaron a llevar el “pan” a su mesa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El indio poeta”

 

 

 

 

Otra de las cualidades de Cipriano Ñañe fue su virtud como poeta y escritor. En algunos de los cuadernillos de escritos realizados por talleres literarios donde fue invitado a participar, se lo recuerda como “un poeta que nació con la inspiración natural de un verdadero hombre arraigado a esta tierra del indio, que recorrió nuestro paisaje y tradujo en versos un cúmulo de bellezas de estos páramos”. “Las metáforas jugosas con las que se expresa le imprimen calidad a sus obras, por eso su descripción del paisaje es cuasi perfecta”, se expresa en esas páginas.

 

 

 

 

 

En una reseña sobre el estilo de “Colo” Ñañe, se describe: “Es el poeta que habla por la naturaleza que lo cobija, privilegiado por su intuición que puede avizorar el porvenir. Como manifiesta en su poesía, estamos cerca de una vida nueva donde la paz reinará sobre el planeta, y por sobre todas las cosas en el renacer del indio, de una raza extinta”. “Es el indio poeta, rey de estas islas, dueño y señor de estas tierras”, completan las páginas que hablan de él, las que pueden leerse en la Biblioteca Popular Coronel Rodríguez de Coronda.

 

 

 

 

 

Esa incesante defensa de la raza, que hizo a través de su pluma, le valió un lugar en El Rincón de los Escritores, espacio ubicado sobre la avenida costanera Héctor López y la cortada Segundo Sombra. Su placa fue descubierta en un emotivo homenaje que se le realizó durante el Día del Aborigen en el año 2013, dejándolo inmortalizado junto a los escritores más destacados que desarrollaron sus vidas en tierra corondina.

 

 

Herencia de sangre. Cipriano Ñañe dejó el legado de cacique corondá a su tercer hijo, Claudio, quien como fiel representante de su tribu participa en rituales nativos (foto). También da charlas en las escuelas, sobre el pasado y el presente de los aborígenes locales. Es quien se encarga de mantener la raza unida y de preservar las costumbres de su pueblo.

Herencia de sangre. Cipriano Ñañe dejó el legado de cacique corondá a su tercer hijo, Claudio, quien como fiel representante de su tribu participa en rituales nativos (foto). También da charlas en las escuelas, sobre el pasado y el presente de los aborígenes locales. Es quien se encarga de mantener la raza unida y de preservar las costumbres de su pueblo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

San Jerónimo del Sauce

 

 

 

 

 

Filomeno Naré, el último de los abipones

 

 

 

 

 

Filomeno Naré fue conocido como el último abipón. Tal como cuenta Lidia Mabel Ríos de Vallejos en un texto que escribió sobre la vida de quien fuera el placero de San Jerónimo del Sauce, Filomeno fue “un recordado habitante, respetuoso, trabajador, buen vecino y muy querido por toda la comunidad”. “Vivía entre la calle Florida y Santa Rosa, en una vivienda muy precaria; don “Gilé”, como lo conocían todos, en un principio trabajó como desollador de animales por muchísimos años, para la carnicería de don José Yossen, pero luego se encargó de mantener la plaza del pueblo”, recuerda la mujer.

 

 

 

 

 

“Fue hijo de Crescencio Naré y doña María Mariunga, tenía una hermana y un hermano; siempre fue un hombre trabajador, de una sola pieza; amigo de niños y compañero de padres, tíos y abuelos; nadie sabía con certeza su edad, puesto que, según decían, no era la que figuraba en su documento; tal como sus antepasados, Naré tenía una visión distinta, sin atropellos ni corridas, viviendo plena e intensamente las cosas simples de la vida”, cuenta la historia oficial de este personaje saucero, que se puede encontrar en la Casa de Cultura de San Jerónimo del Sauce.

 

 

Particular oficio. Filomeno Naré trabajó muchos años como desollador en el matadero de San Jerónimo Norte, para luego distribuir  la carne por su pueblo. Era una tarea que realizaba para la carnicería de don José Yossen. Además de esto, cuando los “gringos” hacían carneadas, era buscado para foguista y para derretir la grasa con la que hacía chicharrón.

Particular oficio. Filomeno Naré trabajó muchos años como desollador en el matadero de San Jerónimo Norte, para luego distribuir la carne por su pueblo. Era una tarea que realizaba para la carnicería de don José Yossen. Además de esto, cuando los “gringos” hacían carneadas, era buscado para foguista y para derretir la grasa con la que hacía chicharrón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La leyenda de “Gilé”

 

 

 

 

 

“En su rancho guardaba el arco y las flechas que dejaron sus mayores; se lo recuerda en sus días de tropero en la feria de los vecinos valesanos, montado en aquel inolvidable caballo doradillo de crines negras y de una sola oreja”, puede leerse en las páginas dedicadas al relato de su vida. “Además de ser empleado comunal, cada 30 de septiembre, para las fiestas patronales del pueblo y durante las sepulturas de vecinos, era él quien se encargaba de hacer repicar la pequeña campana de la iglesia del pueblo”, describe otra de las anécdotas escritas sobre él. “A veces cuidaba las casas de los habitantes del lugar, para que no queden solas, ya que en otros tiempos la iluminación era escasa”, recuerda Lidia Ríos sobre el histórico vecino.

 

 

 

 

 

“Su figura imponente y robusta, de paso corto y ágil, parecía vigilar atentamente  todo el recorrido por San Jerónimo del Sauce cada 30 de septiembre, hecho que rememora el peregrinar de los pioneros abipones hacia este terruño”, expresa otro de los párrafos dedicados a su memoria. Después, rememoran: “Para todos los mayores del pueblo, “Gilé” fue el placero, pero también ese personaje que si sucedía un accidente en la ruta pasaba toda la noche cuidando el auto, o la carga desparramada en la zanja; el frío no parecía existir, porque allí permanecía firme, atento,… hasta el menor ruido llegaba a sus oídos. Cómo no depositar la confianza en él, si parecía de leyenda”.

 

 

Imposible de olvidar. Cuando José Yossen vendió la carnicería, Naré pasó a desempeñarse como placero de San Jerónimo del Sauce, labor que puede reflejarse en esta imagen, junto a un vecino. Era tal el cariño que le tenía la gente, que en 1990, Luis Ángel Bettig formó una escuelita de futbol a la que llamó “Gilé Naré”, en honor al último de los abipones. Aún se recuerdan los cánticos de las familias que coreaban a viva voz: “¡Gilé, Gilé, Gilé!!!”

Imposible de olvidar. Cuando José Yossen vendió la carnicería, Naré pasó a desempeñarse como placero de San Jerónimo del Sauce, labor que puede reflejarse en esta imagen, junto a un vecino. Era tal el cariño que le tenía la gente, que en 1990, Luis Ángel Bettig formó una escuelita de futbol a la que llamó “Gilé Naré”, en honor al último de los abipones. Aún se recuerdan los cánticos de las familias que coreaban a viva voz: “¡Gilé, Gilé, Gilé!!!”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Rasgos de una raza

 

 

 

 

 

“Hablaba lento y pausado, como deletreando un texto, pero su palabra era sabia y oportuna, una auténtica lección de vida; sus pies descalzos, de niño nunca fueron impedimento para acudir a la escuela… hizo de su pobreza una virtud, que día a día lo agigantó como ser humano entre los lugareños”, son los recuerdos que tiene el pueblo sobre Filomeno Naré. “Con Gilé se fueron los abipones y los mocovíes, pero cuántas vivencias dejó a su paso, todas y cada una de ellas marcaron huellas en su rostro noble, de rasgos fieles a la estirpe de su raza”, se describe sobre su calidad humana.

 

 

 

 

 

“En un cálido diciembre lo vimos partir, pero inconscientemente cuando cruzamos la plaza nuestros ojos revolotean buscando ver su figura que vive plasmada en el corazón de los nativos del lugar; nunca olvidaremos a Gilé, porque vivió de acuerdo a los más altos valores que enaltecen a su grupo de pertenencia”, cierra la historia de vida de Naré, la que aún llena de nostalgia a muchos.

 

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